B/ Villa Prioral Orden de San Juan siglo XVIII

LA VILLA PRIORAL DE VILLAFRANCA DE LOS CABALLEROS DE LA ORDEN DE SAN JUAN EN EL SIGLO XVIII:

(Hojas 417-419 del Primer Simposio Histórico de la Orden de San Juan en España celebrado en Madrid del 25 al 29 de marzo de 1.990 y cuya clausura tuvo lugar en Consuegra.
Doña María Águeda Castellano Huerta. (Abogada Consejera del Instituto de Estudios Jienenses). (Texto recogido del programa de fiestas de Villafranca de los Caballeros. Año 2.004)

El archivo del Infante Don Gabriel, que recibirá de manos de su padre Carlos III el Priorato de la Orden Sanjuanista, es una rica fuente de información para conocer el desarrollo de las villas que componían y en ocasiones la decadencia que estas sufrieron durante el siglo XVIII.

Este es el caso concreto de Villafranca de los Caballeros, sita a corta distancia de la cabecera de la Orden y que aún mantiene el apellido de “Caballeros” en recuerdo agradecido a los sanjuanistas que le dieron vida y que ayudaron a que no se extinguiera en los difíciles momentos económicos por los que el pueblo paso en esa centuria.
Uno de los problemas más delicados que tuvieron que solventas los priores fue el conflicto de competencias con el arzobispo de Toledo en materia de cobranza de diezmos. En una carta dirigida desde Villafranca a la Isla de Malta en 1.721, el párroco-prior se queja de la exigencia de la Primada y solicita a sus superiores que se recurra a Roma, si fuera necesario, para que desde allí se conmine al arzobispo a que no intente recibir ese canon, ya que pertenece sin discusión a al prior de San Juan. Posteriormente, en 1.748, volverán las discusiones con otro tema como fondo: la necesidad de reparos que la iglesia y la obligación de esa autoridad eclesiástica de aportar un tercio de los gastos que ocasionen.
Que Toledo intentaba eludir el pago era algo con lo contaba el párroco. No solo en esta ocasión, sino que en 1.761 se vuelve a insistir en esta querella, que llegará a su punto álgido dos años después. Al reclamar el arzobispo la cobranza del diezmo sobre hortalizas y semillas nuevas, se opone tajantemente el prior, que no duda en advertir a los fieles desde el púlpito de la iglesia para que no entreguen éste a nadie que no sea el infante. La respuesta de la Primada es también contundente. En la tablilla habitual de la puerta del templo aparecen los nombres de los labradores excomulgados que han seguido el consejo del clérigo. La carta que este dirige a sus superiores pidiendo apoyo es patético: “Es una compasión que permanezcan en la tabla tantos pobres labradores en el presente año que hacen suma falta a la recolección”. Ellos habían satisfecho sus cuentas con la Orden como es de Ley y asi lo especifica el capítulo 26 de la Concordia capitulada entre ambas dignidades, que fue confirmada doblemente en 1.705 y 1.738 por la sede apostólica.
La energiza reclamación logra sus objetivos. Pedro Díaz Campaña, abogado de Toledo, ordena se absuelva a los campesinos y se les borre de la vergonzosa tabla, por sentencia de 23 de julio de 1.763.
El segundo aspecto que tuvo que afrontar la Orden fue la penuria económica que padeció la villa de manera crónica. Ya en 1.748 un informe del cura presenta la mala situación que tiene el templo. Hay ruina en el chapitel de la torre, las maderas están deshechas y arruinada la nave que cae al norte. Se quejan de que el estado de deterioro es tal que hasta cae el agua dentro de los confesionarios y que, si no se pone remedio rápido, habrá que cerrar el templo y suspender el culto divino, con los problemas que ello entraña porque no hay otra iglesia en el pueblo.
La relación de males continua: No hay casi orfebrería sagrada no ornamentos, y los pocos que existen están de tal manera que causas escándalo. El sacerdote agrega que es de tanta envergadura el desastre que no se puede espera a “ hacer almoneda” sino que la obra debe iniciarse ya.
De andrajos califica las ropas de los oficiante aclarando que para celebrar misa los diez sacerdotes (siete presbíteros y tres religiosos que viven fijos) tienen que pedirlas prestadas a la Cofradía del Santísimo Sacramente, que las posee propias.
La Ayuda de la Orden es un poco tardía pero eficaz. Se acude al platero de Toledo, Manuel Reina, para que haga un cáliz y un copón de plata dorada, cuyo importe es de 1.631 reales, que será rebajado por el valor de las viejas piezas que se entregan, concretamente un copón de tres libras y una onza, y un cáliz de una libra, quince onzas y nueve adames.
El nuevo tiene un gasto de mano de obra de 150 reales y la otra pieza de 30. El proceso de dorarlos aumenta en 900 reales el presupuesto.
Tardan en ser hechas, ya que hasta 1.734 no se entregan. El sacerdote que se ha encargado de buscar el orfebre señala en esa fecha a don Francisco Solera que ya está todo acabado, añadiendo en su carta una anécdota simpática: Le invita a que asista a la Semana Santa de la ciudad imperial para que oiga la nueva campana recién instalada.
De todas maneras quizás el cura de Villafranca exagera la situación. El inventario de los bienes de la parroquia nos habla de algunos objetos de culto interesantes que él pasa por alto. Hay cinco cálices con sus patenas y cucharillas, el viejo copón, dos más pequeños, una caja de Viático, un par de vinajeras, el platillo de la ceniza y la ampolla del óleo, así como candelabros, dos cruces parroquiales, naveta, concha de bautismo e incensario. No existe custodia y vuelve a suplir esa falta la Cofradía del Santísimo Sacramento.
Lo cierto es que el Párroco-Prior en una continua fuente de peticiones, reclama cera para el monumento aduciendo que la limosna para ello no alcanza y que los cecino ni quieren ni pueden pagar, poniéndola él de su bolsillo. Según su informe no hay mas caudal en los bienes del templo que catorce arrobas de vino y las rentas de nueve tierras que, por pequeñas y pobres, nadie las labra. La recaudación de las primicias es indudablemente escasa: Cuatro fanegas y nueve celemines de trigo, dos fanegas y diez celemines de cebada, una fanega de centeno y ciento tres reales en dinero. Por ello, además de cera de las colmenas que el señor Infante tiene en Valdespino, solicita seis arrobas de aceite para la lamparilla del Sagrario.

Ante tal cúmulo de necesidades se persona el maestro mayor albañil de la prioral para hacer un informe del que resulta un presupuesto de 2.939 reales. Se incluyen blanqueo del templo, arreglo de la torre cuyo deterioro, como hemos visto, venía de lejos, retejado general y construcción de un retablo, ya que solo hay “ un cascaron que la cofradía del Santísimo hizo”. Al mismo tiempo se hace visitación para conocer el estado real de los ornamentos, dándoles capas de coro, frontal, dalmatitas, casullas, albas, y sobrepellices, todo en seda, añadiendo un misal que encarga a Madrid.
A pesar de ello, el Infante no a quedar libre de la pesada carga que es la parroquia. En 1.764 se hacen nuevas obras exigiendo que se emplee la baldosa que se barrica en el pueblo y no materiales que haya que traerlos de fuera. Frente a las apetencias del párroco, que ahora es Luis Cañizares, los administradores de la Orden contabilizan hasta el último detalle, exigiendo, como anécdota, “
que se guarden los andamios útiles para otra ocasión”. Y siempre dando por sentado que el Arzobispo va a eludir su obligación de pagar el tercio de la obra.

Como regalo y “sin que sirva de ejemplo” el Señor Infante hace fundir una campana que vale 1.400 reales de vellón en 1.771.

Las obras siguen hasta 1.776 aunque sin atender las peticiones del cura en orden a ampliar la iglesia y hacer un retablo, a pesar de haberse preparado un estudio previo en el se indica que este seria de orden corintio. Una cifra como curiosidad: Un oficial carpintero gana 8 reales diarios y 5 el ayudante.

No solo existió la parroquia entre las propiedades de los Sanjuanistas. Sabemos que había una ermita dedicada a San Juan, exenta a la Villa, y en muy mal estado en 1.743, de tal manera que se pide retirar el Santísimo por haberse hundido la techumbre. También es de los bienes de la Orden la Ermita del Cristo de Santa Ana, de cuyos sucesos haremos luego mención. Asimismo tuvieron el Hospital de pobres transeúntes y naturales, con su Ermita de la Asunción, cuya fabrica estaba, a fines de siglo, en tan avanzada ruina que se hace necesario que su administrador, Martín de la Alberca, del habito de San Juan, solicite ayuda a Consuegra. Esta mandara a José Palacios, maestro albañil, que acompañado de otro de la Villa, llamado Eugenio Volante, valoren como inútil arreglarlo y sugieran la construcción de un completamente nuevo por poco dinero mas.

A ejemplo del cura, el sacristán también pide: Se queja de que “vive de limosna y ni vestir decentemente puede”. Los labradores son pobres y no pueden contribuir demasiado, siendo una de sus mejores fuentes de financiación el tocar las campanas para ahuyentar las tormentas y evitar catástrofes en sus de por si malas cosechas. Desde luego parece ser cierta la queja de que la Iglesia es la más pobre de todo el Priorato.

El tercer punto de atención de la Orden y quizá el más difícil fue la mala relación existente entre los párrocos y los vecinos. El pedigüeño D. Alfonso Lujan y Cañizares choca con todos por cualquier motivo. En 1.760 no entrega cuentas a los visitadores por “ no estar de acuerdo con los demás a capitulares en algunos puntos”. Ya en 1.755 su antecesor Alfonso de Castro se mete en pleito con apelación de fuerza contra el labrador Cristóbal Manrique por no pagar las primicias del grano, ya que solo le da diez fanegas y no las cincuenta que debiere. Su obstinación le lleva hasta la Audiencia de Granada aduciendo que si la cosecha es inferior a diez fanegas no hay pagar, pero que Manrique ha obtenido mas y lo ha introducido en el granero durante la noche para evadir el pago. En su alegación, indignado, pide cárcel para el fraudulento añadiendo.” Pienso que en el Priorato hay muchos malos diezmadotes de que tal vez les vendrán las continuas ruinas de falta de cosechas y es justo se vayan haciendo ejemplo en cuanto se descubran”. El labrador es condenado a costas con multa de 50 ducados.

Sin embargo los dos sucesos más violentos los protagoniza Alfonso Luján. En 1.777, Carlos III prohíbe los “empalados” y “disciplinantes” en las procesiones de Semana Santa, orden que el párroco recuerda desde el pulpito días antes de iniciarse los cultos de la Pasión. Pero la Cofradía de la Santa Cruz, que venía celebrando esos ritos desde antiguo, mantiene su criterio de llevar a cabo “el perdón de injurias”, y reunidos en la ermita del Cristo, vestidos de blanco ( camisa de mujer las llama el cura) como era costumbre, pero sin llevar ese año cubierta la cabeza ni usar disciplinas, intentan salir en procesión. Hubo en el templo gritos e insultos contra el cura, al que acusaron de hereje. El alcalde ordinario intenta calmar los ánimos y sufre un trato similar. D. Alfonso Luján impone a los revoltosos multa de 2 ducados y parece ser que en represalia la Cofradía quita la Cruz sanjuanista de la portada y la sustituye por unas armas particulares.
Todos llegaron con sus quejas a la instancia superior que una vez más pondrá paz entre los dos bandos.

El segundo incidente es aun es mas grave. Sin tener jurisdicción para ello se me Luján a administrar las cofradías, empezando a aparecer sospechas de falsedad en estas cuentas e incluso del robo de “unas manillas de aljófar” de la Virgen que han desaparecido misteriosamente. El alcalde llano, hechura del párroco, se enfrenta con el de nobles y surgen en la discusión viejas querellas familiares. El cura, pariente de uno de sus enemigos por cuestiones de una herencia, se niega en redondo a dar las cuentas de gastos y cuando se le apercibe de que las entre al Ayuntamiento dice que está enfermo y que se preciso que se marche a tomar “baños y otros aires” por orden de los médicos.
L a indignación estalla cuando los vecinos comprueban que está en el pueblo e incluso celebra misa. Asustado del cariz de los acontecimientos intenta tomar un coche que le saque del embrollo, pero el alcalde de nobles y los vecinos le detienen con gran escándalo, forzándolo a permanecer allí mentaras se aclara la cuestión.
Esta será confiada, por orden del Infante, al Gobernador de Alcázar que, aunque tiene que ocuparse de momento del acomodo de unos carabineros que, persiguiendo a ladrones, se han alojado en la villa, promete hacerse cargo en cuanto pueda, como así sucede.
En su sentencia se ordena al cura que deje de interesarse por asuntos que no le incumben como son las cuentas de las cofradías y se dedique a las almas de sus feligreses. Pide se nombre un mayordomo seglar para esa administración y que Luján entregue los libros que tiene escondidos. El sacristán, que estaba preso bajo la sospecha del robo de las manillas, es puesto en libertad.

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