2 Formación del casco urbano

(“Estudio Histórico – Artístico de Villafranca de los Caballeros”) © 2004. María del Carmen Avendaño Pozo eltiocazuela.com. Todos los derechos reservados. Se puede copiar conservando y publicando este copyleft)

FORMACION DEL CASCO URBANO:

Anterior al año 1.183.
Al remontarnos al urbanismo existente anterior a este año, fecha en que el Rey Alfonso VIII concedía el Castillo de Consuegra a la Orden Militar de San Juan de Jerusalén, es obligado citar los distintos núcleos de población que se fueron asentando en el termino de Villafranca de los Caballeros. Sabemos cómo los antiguos pobladores de España ocupaban sucesivamente los sitios más estratégicos que podían encontrar. En el caso concreto de los Iberos se piensa que llegaron a esta zona para unirse con los Celtas en el lugar conocido con el nombre de Los Marotos o Casas de Juan de Arias. Este paraje estaba ubicado en el Cerro de Mingo Menor. Esta primitiva población, ibérica o celtica, también pudo vivir en los silos excavados en sus cercanías, como ocurrió en el término de Villacañas. En los años 1.975 y 1.976 se llevaron a cabo, en este término, dos campañas de excavaciones en el Cerro Tirez, por un grupo de alumnos de la Universidad Autónoma de Madrid, del Departamento de Prehistoria y Arqueología. En ellas se estudio un recinto amurallado, su estratigrafía, así como los materiales obtenidos, cerámicas a torno, puntas de flecha de hierro, etc.
Lo que es sobradamente cierto es que el pueblo ibero estuvo asentado en la zona conocida por todos como Palomar de Pintado, según vestigios hallados – un poblado y una necrópolis- en la propiedad de D. Andrés Galán Muñoz. La excavación del poblado al que pertenece la necrópolis, ubicado a escasos 600 m de la misma, es un trabajo pendiente que se realizara a largo plazo. Dos campañas de excavaciones se efectuaron en 1.986 y 1.988, en la necrópolis, por Gonzalo Ruiz Zapatero y Jesús Carboles Santos. De sus publicaciones se derivan las siguientes conclusiones:
Esta necrópolis pertenece a la cultura denominada ibero-carpetana en su proceso de formación. Aunque fue imposible llegar al nivel fundacional, hallazgos aislados indican una cronología aproximada de los siglos VII-VI a. C. No obstante el principal desarrollo tuvo lugar en la primera mitad del siglo IV a. C. Es la primera vez que aparece una necrópolis tumular ibérica en un área interior de la Meseta Sur, que abre nuevas perspectivas sobre los fuertes influjos iberizadores originarios del S.E peninsular.
El yacimiento se encuentra en una zona de cultivo sobre una pequeña elevación que muy bien pudiera estar delimitando la extensión de la necrópolis. Entre las estructuras de enterramiento documentadas se pueden citar: túmulos de piedra, túmulo de adobe de muro perimetral, túmulo sobre anillo de cenizas, tumbas de anillo de cenizas simple, tumbas de adobe y superficie escalonada, tumbas de hoyo simple y revestimiento de yeso, tumba de hoyo con revoco de yeso y hornacinas, tumba de hoyo simple, fosas sin enterramiento y una fosa de inhumación. Los distintos túmulos de piedra, tanto por su ajuar como por su posición respecto al resto de los conjuntos hallados, parecen pertenecer a momentos tardíos en los siglos II-II a. C.

En cuanto a los ajuares encontrados hay que nombrar los tipos y piezas más representativas: la cerámica es el material más característico. Destacan unas piezas cerámicas de importación, bien extra peninsulares caso de los kantharos áticos de barniz negro, bien de origen hispano como las cerámicas grises o las de barniz rojo. Junto a estas, el mayor número de piezas realizadas a tono de presumible origen local, pueden subdividirse en dos grupos. El primero lo forman las urnas y vasos de ajuar realizados a fuego oxidante y decoración pintada geométricamente ibéricas. El segundo serian los vasitos de ajuar realizados a torno y forma caliciforme. Otro gran grupo es el efectuado a mano, de pequeño tamaño.
Otras cerámicas n muy numerosas son las variadas fusayolas. Debido a las condiciones de humedad del yacimiento por su proximidad al Río Amarguillo, la conservación de los elementos en metal es bastante mala. En la mayor parte de los enterramientos están presentes fíbulas anulares en bronce, así como anillos, aros, pinzas, etc; en hierro, cuchillos afalcatados con funda metálica, aros y otras piezas; y en plomo un pequeño “simpulum”.
Además de los ajuares cerámicos y metálicos se han localizado otros materiales como cuentas de collar en pasta vítrea de diferentes tamaños y colores, hueso trabajado, concha, restos de posibles adornos.
Sobre estos enterramientos se han localizado otros que por su superficialidad están en la gran parte arrasados y que por algunos hallazgos de superficie, por ejemplo un fragmento de lapida en mármol con dos letras, perteneciente ya a la época romana, supondría el momento final de aprovechamiento de esta necrópolis.
En el yacimiento de Palomar de Pintado, de original vida espiritual y social, existen una serie de elementos diferenciadores frente a la cultura ibérica: amplia variabilidad en las estructuras funerarias; fenómeno en parte autóctono: estructuras de adobe con posterior desarrollo en piedra; piezas cerámicas a mano con decoraciones impresas o pintadas; ritos poco característicos del mundo ibérico como es la inhumación; ausencia de armamento; ausencia de cubrición de la urna y de restos del difunto; ausencia de broches de cinturón de bronce, tan característicos en la cultura ibérica.
Seguidamente, los romanos ocuparon una zona igualmente fértil, aunque menos estratégica, situada también en la ribera del Río Amarguillo. Llegaron a formar una aldea donde las casas estaban mas o menos diseminadas. Como restos que verifiquen el paso de este pueblo por Villafranca hay que citar unas monedas del siglo I y de finales del siglo II, correspondientes a un AS y un Dupondio respectivamente. Queda como residuo romano un pozo construido cerca de una posible vía romana que comunicaba Puebla con Madridejos (ahora es el Camino de los Moledores). A pesar de que esta hipótesis no es del todo cierta, si se recorre este sitio, se llegan a observar grandes planchas de piedra orilladas en el camino dando la sensación de haber sido levantadas o desprendidas. Estos núcleos de población sentaron la base de los pueblos venideros. Así ocurrió en siglo VIII, en el momento en que los árabes hicieron su aparición en estas tierras, entonces propiedad del célebre Conde Don Julián “señor de todos los terrenos regados por el río Amarguillo, desde su nacimiento en la Sierra Calderina”. Con la invasión musulmana, la mayor parte de las aldeas quedaron en pie, pero sufrirían grandes transformaciones. Se encontraron dos urbanizaciones opuestas, la romana y la árabe. El “casco urbano” con los árabes era siempre reducido y poco importante. En nuestra aldea convivían cristianos y moros en la conocida Cruz de Lozano y Mesón Viejo. Estos lugares estaban cercanos a la ribera del Río Amarguillo, donde los conquistadores establecieron hábilmente acequias para fecundar sus campos. Hasta hoy día, esta tierra se cultivaba gracias a los innumerables pozos de norias que poblaban las inmediaciones de esta antigua alquería.

Posterior al año 1.183
A medida que se retiraba la línea de los almorávides, Alfonso VII fue confiando a caballeros y obispos, tanto castellanos, como mozárabes y francos, numerosos términos. Su majestad por su cedula de 20 de septiembre de 1.557, mando al Concejo de Villafranca que acudiese a Hernando López del Campo para hacerle depositario de dicha suma. Juan López Ajenjo logro el consentimiento del Prior de San Juan, Don Fray Diego de Toledo, para que Villafranca fuese apartada de la jurisdicción de Consuegra. Además consiguió que el dicho Prior – en nombre del Concejo de Villafranca- redactase una carta dirigida a S.M. en la que exponía la situación de este pueblo: extensión del termino, condiciones sobre el aprovechamiento de términos y lugares, vejaciones y molestias que recibían sus vecinos por parte de los regidores, emplazadores y ejecutores de Consuegra, etec…Terminaba su relato suplicando a S.M. concediese carta de privilegio de villazgo a Villafranca para que usase de jurisdicción entera civil y criminal en su término y diezmeria. Esta carta fue hecha y otorgada en Zamora el 13 de octubre de .1557.
Juan López Ajenjo y Pedro Rodríguez, alcaldes y regidores de Villafranca, presentaron esta suplica del Prior de San Juan en el Consejo de Hacienda.
La carta de privilegio y exención de Villafranca fue otorgada en Valladolid el 10 de diciembre de 1.557, firmada por la Serenísima Princesa de Portugal doña Juana de Austria, hermana de Felipe II, sellada con el sello de plomo del Rey. Por ella, Felipe II eximia y apartaba a Villafranca de la jurisdicción de Consuegra y de los alcaldes ordinarios y otras justicias de ella, y la hacia “villa” de la forma siguiente: “.. y vos ha villa para que en ella y en los dichos vuestros terminos y dezmeria como agora estan conocidos, y divididos y amojonados se huse y execra la nuestra jurisdicción civil e criminal según y como se husa en la dicha villa de consuegra y entre los vecinos y moradores estantes y avitantes en ella y queremos que en ese dicho lugar aya horca y picota cuchillo carce y cepo y todas las otras insignias de jurisdizion que las cibdades y villas por si y sobre si de estos mis rreynos que son libres y exsentos de otra jurisdizion y usan…”.
Este privilegio les permitía nombrar cada año los alcaldes regidores y otros oficiales dándoles poder y facultad para llevar vara y conocer todos los pleitos causas civiles y criminales de cualquier calidad y cantidad. El Rey les dio poder para que pudieran escribir “villa” y para que gozasen y fueran guardadas perpetuamente todas las honras, gracias, mercedes, libertades, exenciones, preeminencias y prerrogativas, así como todas las cosas que guardaba la villa de Consuegra. El privilegio se concluye con una serie de advertencias por parte de Su Majestad hacia los vecinos de los otros lugares del Priorato.
La denominación de “franca” se define en las Relaciones de Felipe II: “Llamase Villafranca porque al principio de poblarse fue declarada “franca” por 6 años..”(30 de octubre de 1.575). Esta medida tomada por quien llevase a cabo su repoblación – el Gran Prior era don Fernando de Toledo- tendría como fin sacar el mayor beneficio posible de esta empresa, por medio de campesinos de mano de obra fácil y barata.
“De los Caballeros” se uniría a la anterior nominación de Villafranca a causa de un hecho ocurrido durante la Edad Media. Sucedía que todos los años se reunían en este lugar, el día de San Martín, los diputados de las villas y aldeas sanjuanistas para tratar del aprovechamiento de los pastos comunes del Gran Priorato. En dicha junta contestaban cuando se les decía:”…hable ahora el caballero de tal población..” De ahí que este sobrenombre se diera a Villafranca, por albergar, aunque solo fuera un día, a los asistentes que eran considerados caballeros.
A lo largo de los siglos, el casco urbano de esta villa fue arrasado debido a actuación de su máximo moderador y protagonista: el Río Amarguillo. Este río, con sus inevitables crecidas, inundo la población en numerosas ocasiones, sobre todo las causadas durante el siglo XVIII. Para dominar dicho elemento devastador, se tomaron varias medidas que no siempre dieron la seguridad deseada. En el año 1.604 se escribieron unos autos sobre la necesidad que había de encauzar los dos iros que pasan por el termino de Villafranca llamados Amarguillo y Riansares por los daños ocurridos tras avenidas en la población, tierras, huertas y viñas. El arreglo de las madres de los ríos costaría 2.000 ducados. Este mismo año derribo unas 100 casas y destruyo mas de legua y media de tierra, con unas pérdidas de 24.000 ducados.
En la antigüedad el río Amarguillo, corría a lo largo de la que después se llamaría “calle del Riato”, de ahí que dividiese a la población en dos partes. Sus avenidas llegaron a inundar de tal modo sus calles que los vecino en 1.788, por orden del Infante Don Gabriel – hijo de Carlos III Y Gran Prior de la Orden de San Juan en esos años- abrieron el actual cauce. Para ello “construyeron un fuerte malecón a distancia de un cuarto de legua – del pueblo-, que llamaron Atajadero, con cuya obra forzaron las aguas a tomar la nueva dirección”.
Después de la tempestad de los días 3, 4, y 5 de agosto de 1.791, se termino de encauzar el Río Amarguillo.
En el mismo año se construyo el Puente del Camino Real que a Herencia bajo el Plan de Francisco Sostre, Aparejador del Gran Priorato. Sostre lo regulo en 9.357 reales, pero al final se remato en 7.400 reales. Los 1.957 restantes se destinaron para la calzada y terraplén del puente de madera que se había construido en el Rio Valdespino (prolongación del Amarguillo). Matías y Emeterio del Pozo, hermanos de Villacañas y maestros de Arquitectura, construyeron el puente bajo la supervisión de Sostre. Para la construcción del Puente Camino de Herencia se debieron observar ciertas condicione sujetas al Plan alzado. En 1.788 el encauce y limpieza del rio tuvo un coste de 50.000reales, excluyendo los dos puentes.
El 2 de septiembre de 1.799, debido a una espectacular avenida, las aguas destruyeron el Atajadero(malecón), y tomaron su antiguo cauce inundando la población en su totalidad. Esta misma catástrofe dejo inutilizados multitud de papeles de los Archivos de la Iglesia Parroquial, del Ayuntamiento y de las Escribanías de la villa.
En nivel del pueblo era más bajo que el riato y Camino de Alcázar, de ahí que se inundaran tan fácilmente sus calles.
Francisco Sostre, en una relación que dio en Herencia el 24 de enero de 1.800, propuso abrir un caz del malecón o Atajadero, al Puente del Camino de Herencia, y otro, por la calle del Riato y Camino Alcázar para el desagüe de las lluvias, cuyo coste alcanzaría 204.500 reales vellón. Y se construiría un nuevo puente Camino del Monte por 12.000 reales, cantidad que iría incluida en el presupuesto anterior.
Para cubrir el casco del pueblo, Sostre ideo un plan mediante el cual se levantaría un espaldón de tierra desde los caminos Alto y Bajo de Camuñas hasta la Zanja. La pared del espadón debía tener 18 pies de base inferior, 6 pies de base superior y 5 pies de altura, teniendo 3.900 pies lineales. El total de este proyecto costaría 34.650 reales vellón- recordemos que el Real de vellón es un Real de treinta y cuatro maravedíes, equivalente a veinticinco céntimos de peseta.
En junio de 1.800, Sostre en compañía del prior y del Ayuntamiento de Villafranca, pidieron a su Alteza los auxiliase con 22.650 reales vellón que les faltaba hasta completar la cantidad total.
El 14 de septiembre de 1.801 se registro una inundación mayor que la causada en 1.799, en la que fue arrasado el nuevo espaldón. Por ese motivo, el 25 de noviembre de aquel año, el arquitecto real Juan de Villanueva paso a Villafranca para ver, sobre el terreno, el plano presentado por Francisco Sostre. Bernardo Rodríguez Maroto hizo la prevención de camas y víveres para su estancia, pero el prestigioso arquitecto “solo tomo una taza de sopa y descanso dos horas”.
Juan de Villanueva, el más importante arquitecto español de las últimas décadas del siglo XVIII, reconoció la vega del Río Amarguillo que extendía desde más arriba del Atajadero hasta la parte de abajo y Puente del Camino de Herencia. En su informe, del 24 de enero de 1.802, el mismo decía como: “…la situación y plantación de aquel pueblo es muy expuesta y difícil de precaver de los daños que sufre y padece en los aguaceros y crecientes del río, pues la mayor parte de ella se halla plantada en lo más bajo de la Vega…”. Más adelante, comentaba: “…Y comenzando a tomar altura la ladera desde la dicha ermita de San Antonio- y camino alto de Camuñas, se evidencia patentemente que entre este último punto y el primero de la ermita de San Blas se halla la parte más inferior de la Vega y mayor numero de las casas del pueblo, descubiertas y expuestas a crecientes y avenidas posteriores..”.
El nuevo plan propuesto por Sostre consistía en construir un dique que bordease el pueblo por su parte baja, desde la ermita de San Blas hasta la Zanja antigua. El malecón se levantaría bien macizo de tierras, escarpado y encespedado con rampa para ascenso y descenso. El Atajadero se repararía desde el Puente de Herencia, siguiendo la orilla del río, en una línea de 1.800 varas con el propósito de defender las huertas. La condición indispensable en la construcción de estos malecones era que la plata baja tuviera tres veces su altura.
El primer malecón tuvo un coste de 75.113 reales vellón y 25 maravedíes, mientras que el segundo fue 80.000 reales.

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